PAWE? LISICKI â??LA INOCENCIA POLACA EN MOMENTOS EMOCIONANTESâ?

LA INOCENCIA POLACA EN MOMENTOS EMOCIONANTES

Pawe?? Lisicki
Director adjunto jefe del diario â??Rzeczpospolitaâ?

La sabidur?­a china dice que no est?? bien vivir en tiempos emocionantes. Resulta f??cil comprender por qu?Š. Los periodos emocionantes son tiempos de cambios, de revoluciones, de transformaciones, de guerras, de giros bruscos e imprevisibles de la rueda de la fortuna. Son periodos en los que el curso de los acontecimientos hist??ricos se acelera, se crean nuevos estados, caen las antiguas potencias, se desatan las grandes pasiones, el deseo de poder y fuerza predomina por encima del curso lento y ordenado de la vida. Entonces las personas normales, los hombres corrientes, viven mal. Los grandes sucesos de la historia implican v?­ctimas. Parece dif?­cil encontrar un mejor ejemplo de ello que el destino de Polonia y de los polacos durante el periodo 1939-1989. Antes de que los polacos pudieran alegrarse definitivamente de haber alcanzado la independencia tuvieron que experimentar los momentos m??s emocionantes del siglo XX, y al mismo tiempo los m??s tr??gicos para el destino de las personas normales: primero la ocupaci??n de los alemanes, luego el gobierno de los comunistas. Pero acaso la ??nica lecci??n que podemos aprender de la historia es evitar por todos los medios los tiempos â??emocionantesâ?? Y si no es as?­, por qu?Š vale la pena vivir en esos periodos pese a todo? Qu?Š significado tienen todas las v?­ctimas primero de la guerra y despu?Šs del periodo del dominio comunista?

En primer lugar ten?­a sentido el sobrevivir. Eso es algo dif?­cil de entender hoy. En la actualidad, cuando Polonia es miembro de la Uni??n Europea, cuando todo el esfuerzo del pa?­s y de la sociedad se centra en alcanzar una mayor seguridad para el pueblo, una vida m??s f??cil y c??moda, resulta imposible imaginar que en una pasado no muy lejano Polonia estaba destinada a desaparecer del mapa y los polacos a ser exterminados o a convertirse en mera fuerza de trabajo. Tanto en los planes de Hitler como de Stalin los polacos constitu?­an un estorbo, un obst??culo, un pa?­s innecesario y una naci??n superflua. Y lo que es peor, ambos dictadores eran conscientes de que a los polacos no era posible gan??rselos por las buenas para sus objetivos. Es por esa raz??n que ??nicamente los polacos, al parecer, despu?Šs de los jud?­os, fueran amenazados con la aniquilaci??n  desde 1939. Los seis a??os de la Segunda Guerra Mundial constituyen un periodo excepcional en la historia de Polonia, incomparable con nada, con ninguna de las experiencias hist??ricas anteriores. Aunque Polonia tambi?Šn hubiera desaparecido del mapa de Europa en ocasiones anteriores. Tambi?Šn en su momento el r?Šgimen zarista hab?­a sofocado los apetitos independentistas, y la Alemania de Bismarck hab?­a aplicado en el pa?­s una pol?­tica de germanizaci??n. Sin embargo, estos invasores no recurrieron a m?Štodos tan brutales como los de los dictadores del siglo XX. No ten?­an planes de exterminio tan bien preparados y aplicados de modo tan consecuente.

Tampoco actuaron de manera tan sistem??tica y con la absoluta convicci??n de que los cr?­menes a gran escala pueden ser justificados y de que son una necesidad hist??rica.
Creo que hay tres palabras s?­mbolo que constituyen la clave para comprender lo que suponen para Polonia los a??os 1939-1945. Cronol??gicamente ser?­an: Katy??, Miednoje y Chark??w. Se trata del asesinato de prisioneros de guerra a una escala desconocida en la historia moderna, y a continuaci??n, de acuerdo con los principios de la propaganda totalitaria, de un intento de ocultamiento de los autores y la atribuci??n del crimen a otros. Luego, el genocidio por parte de algunos destacamentos del Ej?Šrcito Ucraniano de Rebeli??n de al menos varias decenas de polacos en el territorio de la antigua voivod?­a de Wo??y??. Hablo conscientemente de genocidio porque los polacos murieron exclusivamente por su nacionalidad. Ser polaco en Wo??y?? significaba estar condenado de antemano a la pena de muerte. Y finalmente, tras a??os de ejecuciones y terror, la pacificaci??n alemana de los destacamentos insurrectos de Varsovia y las masacres de miles de civiles que la acompa??aron. Y (aqu?­ de nuevo reaparece lo excepcional) la orden de Hitler  de dejar Varsovia reducida a cenizas. Qu?Š tienen en com??n todos estos cr?­menes? Con seguridad no la t?Šcnica con que fueron ejecutados. Resulta dif?­cil comparar la perfecta y met??dica precisi??n de la actuaci??n de la Polic?­a Pol?­tica Sovi?Štica con la salvaje crueldad de los ucranianos, que llegaba a superar todo lo imaginable, o con el terror de los destacamentos alemanes. Pero independientemente de los m?Štodos utilizados, independientemente de la ideolog?­a concreta que les permit?­a asesinar sin remordimientos de conciencia, probablemente estaban convencidos de que los polacos deb?­an ser eliminados por el bien de la clase trabajadora (proletaria), o cre?­an que los polacos son seres humanos inferiores que deb?­an ser exterminados para dejar espacio a los arios; o por ??ltimo ten?­an la firme convicci??n de que la nueva Ucrania deb?­a basrse en la eliminaci??n de sus antiguos habitantes polacos. En cada caso se trataba de la destrucci??n f?­sica y total de lo polaco. No es de extra??ar, por tanto, que la literatura polaca de ese periodo est?Š marcada por el sello de la muerte, de la tragedia y de la derrota.
Krzysztof Kamil Baczy??ski, probablemente el mayor poeta de la ?Špoca de la guerra, fallecido durante los primeros d?­as de la insurrecci??n, escribi??:

â??Te llamo a ti, persona desconocida,
que vas a desenterrar huesos blancos:
Cuando se extingan las batallas
mi esqueleto tendr?? en la mano
la bandera de mi patria�.

Aunque en estas l?­neas hay todav?­a un elemento de esperanza por parte del autor, de fe en que tenga sentido el sacrificio de los que van a la muerte con veinte o treinta a??os como â??una piedra arrojada a la trinchera por Diosâ?, en que algo va a quedar despu?Šs de ella, en que â??la bandera de mi patriaâ? perdurar??, en que la muerte de miles, f?­sica, literal, la muerte palpable no lo va a destruir a ?Šl. Puede que lo tr??gico del destino polaco lo expresara a??n mejor otro poeta, Tadeusz Borowski, al escribir: 
â??Tras nuestra muerte quedar?? chatarra de hierro
y la risa sorda, ir??nica de generaciones�.

Eso parec?­a entonces, en el a??o 1944. A primera vista lo polaco no ten?­a posibilidades de sobrevivir frente a la necesidad hist??rica, frente al â??inter?Šsâ? de los tiempos. La guerra ganada, que trajo consigo la esclavitud comunista, los millones de muertos que resultaron en el dominio del comunismo y la destrucci??n absoluta de la cultura polaca en los territorios del este de Polonia: acaso no merec?­an una risa ir??nica? Pero justo en ese momento, en el instante de la ca?­da y de la desesperaci??n, lo polaco super?? su examen de historia m??s importante. Utilizando la lengua de Krasi??ski, se trat?? de una verdadera â??prueba a vida o muerteâ?. Lo polaco sobrevivi??, y no me refiero en este punto al grupo ?Štnico de los polacos. Lo polaco como magnitud. Como apego a la libertad, como la impresi??n de compartir un mismo destino, como el reconocimiento del cristianismo como prueba de fidelidad a la herencia, incluso aunque no vaya siempre acompa??ado de culto y de religiosidad personal. Cierto cr?­tico alem??n, al escribir acerca de cu??l era la caracter?­stica com??n de la poes?­a polaca del periodo b?Šlico y de despu?Šs de la guerra, se??al?? su â??inocenciaâ?. Efectivamente, se diga lo que se diga, lo polaco incluye tambi?Šn esa ingenuidad hist??rica que surge del hecho de que los polacos fueran v?­ctimas, que en las batallas hist??ricas se encontraran siempre, como naci??n, del lado del bien. Que combatieran por la dignidad, por la libertad, por el derecho a una vida independiente, que no participaran (ahora estoy pensando en la naci??n y sus representantes, y no en los individuos depravados y degenerados) en los cr?­menes de los a??os 1939-1945. Gracias a ello, a pesar de la destrucci??n de las ?Šlites y pese a la falta de esperanzas de un cambio, ya desde el inicio la sociedad polaca opuso resistencia. Ten?­a suficiente esp?­ritu y fuerza para no sucumbir, para no permitir que le aplicaran un r?Šgimen pol?­tico importado de la Uni??n Sovi?Štica.

Seguramente el destino m??s conmovedor sea el del soldado anticomunista de la resistencia. Primero cinco, en ocasiones seis a??os de batallas con los alemanes y los sovi?Šticos para despu?Šs, en una situaci??n completamente desesperada obligarse a entrar en lucha con los destacamentos de la Polic?­a Secreta del gobierno comunista, a la que apoyaban consejeros sovi?Šticos. Cu??nta voluntad y firmeza de ??nimo fueron necesarias para no rendirse, no acomodarse, no reconocer que la oposici??n es vana y carece de sentido, y que era posible, e incluso aconsejable entregarse, adaptarse al medio. No conozco muchos casos parecidos de tal hero?­smo, en los que alguien decida morir para seguir siendo fiel a s?­ mismo, y todo ello con la casi seguridad absoluta de que la victoria es imposible. Y lo que es m??s: se decide a morir sabiendo que su historia probablemente no salga nunca a la luz, que no s??lo no ser?? contada con veracidad sino que, aparte de la muerte f?­sica, le espera una segunda muerte, en la memoria de los hombres. Porque la vida y el significado de la v?­ctima permanecer??n falseados, ser??n objeto de escarnio, tergiversados. Sin derecho a defensa.
Por supuesto, la resistencia de la sociedad durante el periodo de la Rep??blica Popular de Polonia se manifiesta de manera destacada en la figura radical de los anticomunistas de arma en mano. Al principio hubo un intento de que el PSL resurgiera, y m??s tarde se uni?? la actividad de algunos grupos cat??licos, como por ejemplo â??Znakâ?. Desde el final de la guerra la Iglesia se convirti?? en la instituci??n m??s importante de defensa del esp?­ritu de libertad. Gracias a lo cual los comunistas polacos no llegaron nunca a conseguir un control tan absoluto sobre la poblaci??n, como ocurri?? en otros pa?­ses del bloque sovi?Štico.

Creo que es imposible comprender el significado del destino polaco sin tener en cuenta la experiencia originaria, inicial, de la guerra. Fue gracias a esa experiencia que cada revuelta social durante la Rep??blica Popular (como por ejemplo las manifestaciones de los trabajadores en Pozna?? de 1956 o las huelgas y manifestaciones en Gda??sk en 1970) se transform?? inmediatamente en un impulso por la libertad y la independencia. Polonia recordaba un poco a un volc??n que expulsa lava una vez tras otra, constantemente. Independientemente de c??mo se escriba sobre la historia de Polonia en los a??os 1945-1989, el esquema debe basarse en esos momentos de erupci??n, en los momentos de ?­mpetu, de oposici??n, de protesta. Es suficiente con mirar las fechas: junio y octubre de 1956, marzo de 1968, diciembre de 1970, junio de 1976 y finalmente el gran carnaval de â??Solidaridadâ?, que empez?? en agosto de 1980. Y tambi?Šn la siguiente lecci??n de la historia: la vida en s?­ misma carece de sentido, el vegetar y el sobrevivir no merecen reconocimiento se carece de libertad y de soberan?­a. Los polacos resultaron ser gen?Šticamente casi inmunes a un sistema en el que el papel del ser humano se reduc?­a al de un eslab??n en el gran mecanismo de producci??n. De un sistema en el que para sobrevivir hab?­a que conformarse con el papel de esclavo. 
Esta interpretaci??n de la historia polaca est?? igualmente presente no s??lo en los grandes acontecimientos sino tambi?Šn en las actividades y en la actitud de los testigos. Es imposible entender a Juan Pablo II y su reflexi??n acerca del papel de la dignidad del ser humano, su implicaci??n en el respeto de los derechos y libertades del ciudadano, si no se ve en ella toda la tradici??n que tiene detr??s: la tradici??n de la resistencia armada durante la guerra, la tradici??n de la independencia de la Iglesia polaca representada primero por el cardenal Sapieha y luego por el cardenal (y primado de Polonia) Wyszy??ski, y finalmente por los representantes de los distintos grupos de oposici??n. En ocasiones la protesta de los intelectuales, en otras la actividad pol?­tica activa. De una manera o de otra la grandeza de los h?Šroes polacos no es la grandeza de los organizadores y administradores, ni la grandeza de los dirigentes y estrategas, ni siquiera la de los pensadores y fil??sofos, sino la grandeza de los testigos. Una grandeza que est?? basada en la defensa de lo heredado hasta el punto de entregar la vida.
Lo que no significa, claro est??, que todos los polacos lo entendieran as?­ y as?­ se comportaran. No tiene sentido citar aqu?­ todos los ejemplos de debilidad, de colaboracionismo, de deserci??n. Es seguro que se produjeron y de seguro vale la pena escribir sobre ellos, aunque s??lo sea para cumplir con las exigencias de una justicia elemental. Es parte de la naturaleza humana, que es d?Šbil y degenerada. Sin embargo es m??s importante otra cosa: que lo polaco como deseo de convertirse en sujeto activo de la propia vida y como deseo de soberan?­a ha perdurado.


El texto es uno de los cuatro ensayos inspirados en el 70Â? aniversario de la Segunda Guerra Mundial y en el 20Â? aniversario de la obtenci??n de la libertad por Polonia y de la ca?­da del comunismo que van a acompa??ar la edici??n conmemorativa de la III Sinfon?­a de M. H. G??recki, publicada en formato Blu-ray por el Centro Nacional de Cultura.

organisers:
Ministerstwo Kultury i Dziedzictwa NarodowegoNarodowe Centrum Kultury